Skip to main

"En tecnología, la oportunidad es infinita"

Con 36 años está al frente de una empresa que vende inteligencia artificial a más de 100 compañías en el mundo. Nació en Montevideo, aprendió a programar a los nueve años y es ingeniero en Telecomunicación y en Electrónica por la Universidad de la República.


A los 18 fundó su primera empresa, que fundió en el primer negocio. En 2009 cofundó Tryolabs, que desde entonces crece entre 50% y 100% anual. En 2013, luego de dos proyectos fallidos, nació MonkeyLearn, la spin-off que levantó cerca de US$ 1 millón en capital. Es directivo de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (Cuti) y asegura que es un buen momento para el sector tecnológico, que puede valer más si se focaliza en «elevar el valor agregado». Está casado, tiene una hija y su hobbie es la música.

¿Qué aprendió con esa primera empresa que creó a los 18 años, tiempo antes de cofundar Tryolabs en 2009?

Fue una empresa de soporte y reparación de PC y me fundí con el primer negocio. Aprendí que no hay atajos en esto: a una empresa hay que dedicarle tiempo, esfuerzo, dedicación y cariño. Esto de los negocios muchas veces tiene más aspecto de maratón que de carrera de 100 metros. A los 20 años, armé la segunda empresa, que duró tres años, con la que me pagué la carrera. Pero también di clases de matemáticas, de física, de guitarra, vendí cinturones artesanales. Cuando fundé Tryolabs tenía 24 años y era director de tecnología de una compañía de informática muy importante, tenía gente a cargo pero sentía que tenía la oportunidad de hacer más cosas. Estaba toda la revolución de Internet gestándose y había un montón de tecnologías nuevas de open source (de código abierto). Además, comenzaba la movida del emprendedurismo y me volvieron las ganas de hacer cosas. Un 25 de agosto compré el dominio de Tryolabs por US$ 10, me hice una tarjeta que decía Martín Alcalá Rubí CEO de Tryolabs y me adjudiqué el 100% de las acciones. Después conocí a quienes son los cofounders, Raúl Garreta y Ernesto Rodríguez, que por su lado estaban gestando sus empresas de tecnologías y buscaban a alguien que llevara la parte de negocios. Luego de un año dedicándole tiempo fuera de horarios laborales dejamos nuestros trabajos y nos lanzamos con el proyecto.

Nunca había vendido software a EE.UU. y no había tantos ejemplos de éxito en ese sentido, ¿qué lo llevó por ese camino?

Yo leía e investigaba y mucho sobre ese mercado en TechCrunch, un blog que habla de lo que pasa en Silicon Valley. Veía muchos casos de personas que creaban empresas, levantaban capital y hacían productos geniales y decía: «nosotros tenemos las mismas 24 horas que ellos». Era muy naïf, pero funcionó.

Hoy hablar de inteligencia artificial es casi normal, pero cuando comenzaron no era así, ¿cómo fue incursionar en esa área y desde Uruguay?

Básicamente era una locura, no tenía fundamento ninguno comenzar una empresa en ese tema y teníamos solo US$ 500. A mí siempre me interesó lo de inteligencia artificial, pero terminamos en esto porque uno de mis socios es experto en el tema, que ahora está haciendo un master en machine learning. Inteligencia artificial es la ciencia que estudia cómo hacer para que las computadoras se comporten de manera inteligente, aprendan de los datos y sean capaces de resolver situaciones. Por ejemplo, cada vez que subimos una foto a Facebook, aunque la plataforma nunca vio la foto hace un cuadradito en las caras y hasta le pone nombres. Google lo utiliza para aprender de las búsquedas de todo el mundo, entender el perfil de los usuarios y recomendar, o los autos autónomos para manejarse solos. En la elección pesó el hecho de detectar oportunidades, imaginar un futuro y hacer todo para llegar. Aplicamos la cultura de pensamiento de Silicon Valley: ellos entienden que hay tanta oportunidad que no sería eficiente focalizarse en lo que no se puede con todo lo que sí se puede. Comenzamos con US$ 500 y ahora tenemos cuatro pisos de oficinas, dos empresas, 50 colaboradores y clientes en todo el mundo.

¿Qué particularidad tiene el enfoque de Tryolabs?

Somos una empresa boutique que vende a distancia a grandes empresas y a pequeñas compañías. Como estamos lejos tenemos que superar las expectativas, porque le vendemos a los mejores clientes del mundo. Nos especializamos en hacer proyectos de software «difícil» y dentro de eso las áreas de inteligencia artificial orientadas a productos de Internet como Google y Facebook. Tenemos más de 100 clientes, todos de EE.UU., empresas de Silicon Valley que quieren ser los próximos Google, Facebook, WhatsApp. Hemos trabajado en diversas áreas, como retail, energía, Internet de las Cosas, porque las aplicaciones son muy amplias. Por ejemplo, para Meltwater, que analiza noticias y brinda el contenido digerido a ejecutivos, lo que hacemos es una plataforma para «sacar» información de redes sociales y así entender mejor a las noticias. También trabajamos para una empresa de energía que vende tecnología a petroleras; les brindamos lo que les permite detectar con anticipación la rotura de máquinas y adelantarse en mantenimiento.

¿Cuánto crece su negocio?

Siempre dicen que para arrancar un negocio hay que tener dinero para aguantar dos años. Nosotros comenzamos oficialmente el 12 de agosto de 2011 y llegamos a estar en equilibro en marzo de 2012. A partir de ahí nunca más necesitamos capital y todo fue en base a crecimiento orgánico que, con años muy variados, está entre un 50% y 100%. Pero no todo es ganancia: hemos hecho una reinversión brutal en la empresa. Yo estuve cinco años ganando menos dinero del que hubiera percibido si seguía en mi antiguo trabajo. Tryolabs levantó solo US$ 70.000 (en capital); el resto ha sido inversión propia. Nuestro primer inversor, Eduardo Mangarelli, que además es mentor, invirtió en 2012 y en 2013 decidió ser socio.

De una de esas inversiones surgió la spin-off MokeyLearn.

Sí, en 2013. Fue la tercera iniciativa de producto de Tryolabs; otras dos están enterradas. Yo estuve part-time y fui CEO en ambas empresas durante dos años, pero ahora está dirigida por uno de mis socios, Raúl. La idea fue tomar todos los aprendizajes que recibimos de los clientes y hacer un producto de inteligencia artificial puro, netamente exportable y software as a service (SaaS); básicamente como una empresa de Silicon Valley. Tanto es así que fuimos la primera compañía de Uruguay en lanzar un producto en Silicon Valley, en TechCrunch Disrupt. Lo que hacemos es procesamiento del lenguaje natural, o sea, que las computadoras entiendan un texto, de qué habla, quiénes son las personas involucradas, qué países se nombran, si hay un sentimiento positivo o negativo, entre otras cosas. Permite construir infinidad de cosas, como el motor de recomendación de Amazon o herramientas de text mining (procesamiento de texto). Tiene un modelo de negocio freemium (comienza de manera gratuita, pero luego se complejiza), trabajan 15 personas y levantó casi US$ 1 millón en inversión, gran parte en Silicon Valley. Cuenta con 15.000 usuarios en el mundo y está en equilibrio financiero. En evaluación de negocios, es igual que Tryolabs.

 

Mirá la entrevista completa de El País aquí.